{Reseña} Hugo Ball: Cristianismo bizantino (Berenice)

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Posiblemente sea el Cabaret Voltaire uno de los lugares literarios más famosos de la historia. Fundado en 1916 en Zúrich por Hugo Ball y su esposa Emmy Hennings en una pequeña habitación situada en los altos de un teatro, el Cabaret Voltaire fue el escenario de la génesis y desarrollo del vanguardista y experimental movimiento dadaísta, cuyos primeros textos se deben al escritor alemán afincado en Suiza Hugo Ball. Esta provocativa y efímera corriente artística suponía una desesperada evidencia de la desintegración intelectual, estética y moral que vivía la cultura europea y que desembocó en la Gran Guerra. Sirva esto de preámbulo al comentario de Cristianismo bizantino, una obra que se encuentra en las antípodas de esa primera época creativa de Ball y que está publicada en una edición completísima y en una muy estimable traducción por la editorial Berenice.

El Dadá, que fue un movimiento desafiante basado en la irracionalidad y el caos, con altísimas dosis de nihilismo, tuvo a Ball como un de sus figuras señeras. Sin embargo, el escritor alemán comprendió muy pronto que esta actitud relativista no conducía a ninguna parte, o mejor dicho, que llevaba directamente a la nada; durante esta reflexión se produjo, alrededor de 1920, su vuelta a la religión católica de su infancia. Esta mutación no es una experiencia desacostumbrada; muchos intelectuales que abrazan la novedad —por el simple hecho de serlo— y la vanguardia acaban retornado a sus orígenes espirituales y filosóficos como huida del vacío intelectual provocado por determinadas ideologías.

Cristianismo bizantino («Byzantinisches Christentum. Drei Heiligenleben», Múnich, 1923) es un conjunto de tres biografías de santos orientales: Juan Clímaco, Dionisio Areopagita y Simeón el Estilita. Ahora bien, estos ensayos no tienen casi nada que ver con las biografías o hagiografías al uso, tanto antiguas como modernas; son, sobre todo, una profunda reflexión sobre los muy variados y complejos —a menudo de una sutileza desconcertante— sistemas teológicos que competían con gran vigor intelectual y que pugnaban por imponerse en la Cristiandad.

Juan Clímaco es uno de esos los raros astros que sólo de muy de vez en cuando aparecen en el cielo, diseminan su luz y vuelven a desaparecer. Al igual que hay cometas que anuncian la guerra, él es un estrella que acompaña a los grandes cataclismos […] El legislador de la ascesis ama más el entusiasmo que se dirige al interior que aquel que lo hace hacia el exterior; más el entusiasmo de la autodisciplina que le de la doctrina. Es al hablar de la celda, la casa de tortura monacal, donde se anima su discurso. (de “Juan Clímaco”)

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Cristo es para un gnóstico, por encima de todo, el maestro de los misterios, no el héroe de un destino. El destino ha de superarse. Cristo elimina la imperante ignorancia y no la aridez del corazón. La salvación parte de la comprensión, no de los sentimientos. Cristo es el salvador porque ha señalado el camino de la santidad. Absorbe de manera mágica toda la luz, pero no todo el sufrimiento; y luz y sufrimiento están aquí contrapuestos. El sufrimiento es el triunfo de los demonios, el sufrimiento procede de Satán. De este modo, el gnosticismo es en sus raíces un sistema intelectual, más cercano a la antigua filosofía que al cristianismo de la Iglesia. (de “Dionisio Areopagita”)

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Hemos olvidado el estilo oculto. Ya no vivimos lo extraordinario en sobreabundancia y con la humildad de aquellos tiempos heroicos. Buscamos más el mostrarlo que el ocultarlo. Aquel Antonio, que recogió personalmente los gusanos que cayeron de la rodilla del estilita, no habló de omnipotencia. (de “Simeón el Estilita”)

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Donde se lucha, se reúnen los cuervos; donde se reza, se reúnen los dioses; donde Dios y Satán pelean, se levantan santos y taumaturgos. Antonio es el maestro de los magos y de los santo. Dos de los más grandes Padres de la Iglesia son sus biógrafos, el santo Hilarión y Paphnutius, sus discípulos […] (de “Antonio el Egipcio”)

Como digo, el itinerario biográfico de los santos —del que tampoco se sabe demasiado en algunos casos— sirve a Ball para profundizar en algunos aspectos teológicos esenciales de ese cristianismo aún naciente y no del todo consolidado dogmáticamente. Juan Clímaco (575-649), también conocido como Escolástico o Sinaíta, fue monje, abad y anacoreta, autor de la importante obra de ascetismo Escalera del Paraíso («E Clímax Theías anódu», de ahí el apodo de Clímaco), que muestra el camino de una correcta vida religiosa por parte de los monjes, representada con una escala de treinta escalones que lleva al Paraíso (posteriormente en el cristianismo medieval oriental se extendió para representar la vida de todo cristiano). Ball comenta, con devoción y profundidad, los diferentes escalones de esa escalera mística que conduce a la iluminación divina.

Curiosamente, el trabajo sobre Simeón el Estilita (390-459), el famoso santo que permaneció 37 años en una pequeña plataforma sobre una columna, es un texto más tradicional, posiblemente debido a que la figura de este santo es mucho más conocida y ha sido objeto de un mayor número de biografías y estudios. También se incluye en el apéndice una breve semblanza de Antonio el Egipcio (el célebre anacoreta de las Tentaciones de San Antonio, de Flaubert). En estos dos trabajos se incide en la fortaleza para vencer las tentaciones de todo tipo que sufre el monje y en la importancia de su triunfo sobre los demonios, es decir, sobre el mundo.

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Pero donde el talento de Hugo Ball demuestra su erudición, pasión y perspicacia es el amplio ensayo (200 páginas) dedicado a Dionisio Areopagita (s. I) o, más probablemente, a Pseudo Dionisio Areopagita (s.VI). Ball hace una excelente síntesis de las grandiosas concepciones neoplatónica y de las diferentes sectas gnósticas en sus conflictivas y permeables relaciones con la naciente doctrina cristiana. Las figuras casi míticas de Ireneo, Tertuliano, Clemente, Orígenes, Plotino, Porfirio, Proclo, Jámblico, Valentino, Marción, Basílides, entre otros, aparecen por estas páginas con sus extrañas y fascinantes especulaciones cosmológicas y religiosas. Hay que leer con atención esta parte para no perder el hilo del desarrollo expositivo del texto, todo un despliegue de conocimientos e interpretaciones originales sobre las ideas enfrentadas en esta batalla entre la Ortodoxia y las demás corrientes espirituales de la época. Sirve esto de introducción al análisis de los escritos de Dionisio, Jerarquía eclesiástica, Jerarquía celestial y Teología mística, obras que ofrecen una interpretación del propio sacerdocio y de todo el culto, así como una visión altamente simbólica del mundo angélico.

Pero Hugo Ball no es un teólogo ni un historiador; es un artista con formación filosófica, y como tal escribe Cristianismo bizantino. Lo hace con una fantástica escritura sentenciosa, apologética y visionaria que envuelve al lector con conceptos y doctrinas que creíamos muertas pero que se nos presentan con una fuerza inusitada, rescatadas de un olvido de siglos.

Hay que mencionar también el extenso apéndice de esta edición que incluye, además del citado Antonio el Egipcio, un par de recensiones a cargo de Romano Guardini y Waldemar Gurian, así como un prólogo este último último autor y de un esclarecedor e interesante epílogo del especialista alemán Bernd Wacker.

Libro magnífico pero de lectura exigente, Cristianismo bizantino es un formidable ensayo teológico-literario que resulta tan interesante y a contracorriente como hace un siglo, cuando vio la luz por primera vez.

Puntuación: 5 (de 5)
Editorial Berenice (2016)
Colección: Contemporáneos
Traducción: Fernando González Viñas | Epílogo: Bernd Wacker
480 págs.

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Cristianismo bizantino (1923) es mucho más que un libro de religión, de hagiografías o de teología. A través de la vida de tres santos del cristianismo primitivo oriental: Juan Clímaco, Dionisio Areopagita y Simeón el Estilita, Hugo Ball nos ofrece un panorama original de la constitución definitiva del cristianismo dentro de la cultura bizantina, llena de magia oriental, gnosticismo y filosofía neoplatónica; y, al mismo tiempo, su visión de la única posibilidad de vida plena tras las fragmentaciones y las relatividades de la modernidad de nuestra época: un monacato libre y contemplativo que anticipa formas de vida alternativas y contraculturales de nuestra más reciente historia cultural. Ya retirado de las vanguardias artísticas europeas y haciendo una vida cenobítica, Ball se dedicó a estudiar teología, historia y arte de la religión, pero nunca perdió de vista un objetivo central: hacerle una crítica ideológica y artística radical al mundo moderno y la cultura burguesa tras el desastre de la Primera Guerra Mundial. (Sinopsis de la editorial)

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Hugo Ball (1886-1927) nació en Pirmasens (Renania) en el seno de una familia católica. Estudió filosofía, literatura y derecho en Múnich. Fue poeta, creador de los poemas fonéticos, dramaturgo, actor y pianista, ensayista y novelista. Se integró en los cabarets de las vanguardias expresionista y, más tarde, dadaísta. Debido a la Primera Guerra Mundial, se exilia en Zúrich con su esposa, la actriz y poeta Emmy Hennings, y funda en 1916 el Cabaret Voltaire, donde nacerá el movimiento dadaísta. Escribió sobre esta etapa en su novela Flametti o el dandismo de los pobres (1918, publicado por Berenice). Dedicó obras a Nietzsche –su tesis universitaria– y a Bakunin, al que tradujo al alemán. Dos de sus libros más conocidos, Para una crítica de la inteligencia alemana (1919) y su edición reducida y definitiva en Las consecuencias de la Reforma (1924, publicado por Berenice, junto a otros textos, bajo el título Dios tras Dadá), fueron fruto de su etapa como periodista, activista y exiliado. En 1920 manifiesta su vuelta al catolicismo y se marcha al cantón suizo de Ticino para llevar una vida pobre y retirada. En 1923 culminó un ambicioso tomo, Byzantinisches Christentum, sobre la teología de santos bizantinos. En 1927 escribió la primera biografía de Hermann Hesse y publicó sus diarios con el título La huida del tiempo. Antes de morir de cáncer en Sant Abbondio, todavía proyectaba un libro –«La terapia de la Iglesia»– en el que investigaría «la nueva psicología en su relatividad teológica», el exorcismo paleocristiano y la demonología.

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