{Reseña} Zbigniew Herbert: Un bárbaro en el jardín (Acantilado)

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El libro de viajes clásico —género que cada día me gusta más, estimo más y leo más—, que consiste en una amalgama de referencias personales del autor salpicadas de datos históricos, artísticos, literarios y etnográficos del lugar visitado es un género que, aunque a veces pueda parecer estereotipado y repetitivo, en manos de un escritor de talento puede llegar a ser la escritura del más alto grado de cultura y civilidad. Digo esto porque el escritor polaco Zbigniew Herbert, del que ya reseñamos también aquí un libro muy similar, El laberinto junto al mar (Acantilado, 2013), fue un consumado maestro de la crónica de viajes y de la divulgación histórica, hecho que es fácil afirmar tras la lectura de Un bárbaro en el jardín, una colección de diez ensayos publicados por Acantilado en una esmerada traducción de Xavier Farré.

Un bárbaro en el jardín («Barbarzyńca w ogrodzie») fue publicado por la editorial Czytelnik de Varsovia en diciembre de 1962. Los bocetos previos fueron el resultado del viaje que Zbigniew Herbert que realizó por Europa entre mayo de 1958 y abril de 1960. Antes de la publicación en un volumen los ensayos individuales vieron la luz en algunas importantes revistas literarias de su país. El propio autor al reunir los textos escribió: «El libro que entrego a la editorial será una colección de bocetos de Italia y Francia. Se dedicarán principalmente a temas de arte, especialmente a períodos anteriores, menos conocidos en Polonia. […] En mis apuntes trato de combinar información con una impresión directa, teniendo también en cuenta el trasfondo humano, el paisaje, el estado de ánimo y el color de los lugares descritos». Para Herbert Un bárbaro en el jardín es «En primer lugar, un viaje real por ciudades, museos y ruinas. En segundo lugar, un viaje a través de los libros que tratan sobre los lugares visitados. Dos visiones, o dos métodos, que se entrelazan».

Lascaux no aparece en ningún mapa oficial. Se puede decir que no existe, al menos en el mismo sentido en que existen Londres o Radom. Tuve que preguntar en el Musée de l’Homme de París para saber dónde estaba exactamente.
Fui a Lascaux a principios de la primavera. El valle de Vézère se extendía en su verdor fresco e inacabable. Los fragmentos del paisaje que se veían desde el autobús recordaban un cuadro de Bissière. Una textura de tierno verdor.
Montignac. Un pueblo donde no hay nada que ver excepto una placa conmemorativa en honor de una respetable comadrona:
Ici vécut Mme. Marie Martel—sage-femme—officier d’Académie. Sa vie a été de faire le bien. Sa joie d’accomplir son devoir. [Aquí vivió la Sra. Marie Martel—mujer sabia—oficial de la Academia. Su vida fue hacer el bien. Su recompensa, cumplir con su deber].
Más bello, imposible.
Desayuno en un pequeño restaurante, pero ¡qué desayuno! Una tortilla de trufas. Las trufas pertenecen a la historia de las locuras humanas y, en consecuencia, a la historia del arte. Así pues, diremos algunas palabras sobre las trufas. Son un tipo de setas subterráneas que viven como parásitos de otras plantas de las que sacan el jugo. Para descubrirlas se utilizan perros o cerdos, que se distinguen, como es bien sabido, por su gran olfato. También cierto tipo de moscas nos indican dónde se encuentran esos tesoros gastronómicos.
Las trufas alcanzan unos precios muy altos en el mercado, de ahí que los habitantes de los alrededores hayan sucumbido a una auténtica búsqueda febril. Han cavado la tierra y han destrozado los bosques, que se han secado lamentablemente. La desgracia de las malas cosechas se apoderó de grandes extensiones de tierra, puesto que esta seta segrega una sustancia venenosa que vuelve yerma la tierra. Y además es muy quimérica y considerablemente más difícil de cultivar que los champiñones. Con todo, una tortilla de trufas es deliciosa, y su aroma, ya que en el fondo no tienen sabor, es incomparable.

Si en el antes citado El laberinto junto al mar Herbert nos llevó a un viaje por la antigua Grecia y el mundo latino, en Un bárbaro en el jardín es principalmente la época medieval y renacentista de Italia y Francia el objeto de su interés. Su viaje comienza en el pequeño pueblo de Lascaux, en el centro de Francia, donde se encuentran las cuevas descubiertas en 1940 que contienen, junto con Altamira, los más fascinantes ejemplos de arte rupestre europeo. Entre los dorios es un texto que nos lleva a Paestum (la antigua ciudad griega de Posidonia) al sur de Nápoles, donde se pueden contemplar las ruinas de tres magníficos templos griegos de estilo dórico dedicados a Hera, Apolo y Atenea. Arlés y Siena son dos piezas dedicadas a sintetizar la historia artística y política de estas ciudades desde su fundación hasta su declive en el Renacimiento. Herbert siempre sintió fascinación por las catedrales góticas (incluso tuvo ambicioso proyecto de visitar todas las catedrales góticas de Francia), tema del que se ocupa en Duomo, dedicado a la catedral de Urbino y, sobre todo, en Una piedra en la catedral que trata de los aspectos materiales de las construcción de las catedrales, como los diversos oficios existentes, salarios, contratos, condiciones laborales y otros aspectos escasamente conocidos pero esenciales para comprender cómo se planificaban y edificaban estos gigantescos templos.

El autor decidió añadir en el libro dos ensayos netamente históricos, uno sobre la cruzada contra los albigenses (Sobre albigenses, inquisidores y trovadores) y otro sobre los templarios (Defensa de los templarios). Son temas que siguen generando una inmensa bibliografía dado su inmenso misterio e interés. Aquí Herbert nos deja unos textos perfectos por su insuperable capacidad de síntesis y maestría divulgativa. Por su parte Piero della Francesca es una semblanza biográfica y artística de unos de los pintores que más fascinaba a Herbert. Desde su localidad natal de Borgo del Santo Sepolcro el autor visita algunas de las ciudades por las que vivió y en las que se pueden contemplar muchas de sus mejores obras, que comenta extensamente: Perugia, Arezzo, Urbino, Monterchi, y Florencia. En el último texto, Recuerdo de Valois, Herbert realiza un breve recorrido por esta región histórica francesa visitando las poblaciones de Chantilly, Senlis, Chaalis y Ermenonville. Con este ensayo, que se ajusta más a la crónica de viajes tradicional, concluye este entretenido y provechoso libro del escritor polaco.

Han pasado sesenta años desde que Herbert escribió estos pequeños ensayos. Sin duda, los lugares sobre los que escribió han cambiado mucho —y los lectores también—, pero Un bárbaro en el jardín mantiene intacto su interés y sigue siendo uno de los más bellos libros de viajes que pueden leerse.

Puntuación: 5 (de 5)
Acantilado (2016)
Colección: El Acantilado, 205
Traducción: Xavier Farré
288 págs.

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Zbigniew Herbert fue, además de poeta, un ensayista de una densidad y una capacidad comunicativa incomparables. La solidez y claridad de su prosa, que mantiene siempre una extraordinaria belleza, es un auténtico prodigio. Un bárbaro en el jardín nos hace viajar a la vez por las tierras de Europa y por su historia: desde el arte y la cultura que arrancan de la pintura rupestre de Lascaux hasta hoy. Visita Francia y también Italia: las aportaciones de la Magna Grecia que descubre en las ruinas clásicas de Pæstum, la maravilla de las viejas fortalezas y las catedrales góticas y románicas, los jardines à l’anglaise de la Francia ilustrada, el destino trágico de albigenses, cátaros, cruzados y templarios, la superbundancia del Renacimiento italiano—entre otros el Duccio, Sassetta, Piero della Francesca o Fra Angelico—, van tejiendo un entramado con sutiles y esclarecedoras iluminaciones. (Sinopsis de la editorial)

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Zbigniew Herbert (Lvov, 1924 – Varsovia, 1998). Poeta, ensayista y dramaturgo. Estudió Derecho, Bellas Artes y Filosofía. Entre muchos otros reconocimientos, recibió el premio Herder en 1973. En Acantilado hemos publicado Naturaleza muerta con brida (2008), Un bárbaro en el jardín (2010), El laberinto junto al mar (2013) y El rey de las hormigas (2018).

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