{Reseña} Gisbert Greshake: Espiritualidad del desierto (PPC)

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Se dice que el desierto, pese a su naturaleza agreste y hostil —o quizás precisamente por ella—, ejerce una irresistible atracción sobre ciertos espíritus que se encuentran a la búsqueda de algo, aunque no sepan bien qué es ese algo. Pues bien, este interesante libro del profesor Gisbert Greshake traza un breve recorrido por la relación que desde los más primitivos tiempos bíblicos ha tenido el desierto —tanto en su sentido geográfico-paisajístico como místico-religioso— con la espiritualidad judía primero, y cristiana después. Partiendo de sus propias experiencias en numerosos viajes y retiros por varios desiertos de África y del Oriente Próximo el autor hace un repaso a las dos facetas extremas que posee todo desierto: en primer lugar es un lugar de muerte, hostil a toda expresión de vida, pero también es el lugar del oasis y la libertad plena. Tal vez sea esa «alta tensión» entre la vida y la muerte, presente por doquier, uno de los elementos que más contribuyen a producir esa fascinación que ejerce el desierto sobre algunas personas.

Con respecto al espacio de la libertad, Greshake llama la atención sobre la experiencia del Antiguo Testamento de la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto, según la cual el desierto se configura como un lugar libre del hostigamiento de la sociedad. JHWH mismo se presenta como el Dios del desierto, ese Dios que libera a su pueblo de la esclavitud y les da nueva vida precisamente en ese lugar inhóspito logró sobrevivir confiando únicamente en su propia fuerza. Pero el Antiguo Testamento también reconoce el aspecto negativo del desierto: se lo presenta como infestado de demonios y criaturas inmundas y se compara con el caos en el que la vida no es posible sin la intervención divina y se considera como el lugar del castigo al que uno es condenado si uno rehúsa el orden que Dios ha establecido y que es el único que permite la vida.

El Nuevo Testamento continúa esta doble línea. El desierto es al mismo tiempo el lugar donde Jesús se retira a descansar junto a los discípulos y, sobre todo, el lugar de la tentación del demonio y en el que conduce a los que caen en su poder. Greshake escribe que el desierto es para el hombre el lugar donde la responsabilidad de la libertad humana, llamada a aceptar o rechazar la relación con Dios, se manifiesta en toda su urgencia y dramatismo, decidiendo así su propia realización o su propia derrota. En definitiva, el desierto es el territorio por excelencia de la vida espiritual.

Dentro de la evolución histórica del ansia espiritual por el desierto se dedican sendos capítulos a dos importantes corrientes: el monacato de los Padres del desierto (atletas de Cristo), monjes, ermitaños y anacoretas que en el siglo IV abandonaron las ciudades del Imperio romano para vivir en los desiertos de Siria y Egipto, dedicados a la ascesis y la guía espiritual; y el movimiento Carmelita, surgido  en el siglo XII cuando un grupo de ermitaños, inspirados en el profeta Elías, se retiraron a vivir en el Monte Carmelo. El patriarca de Jerusalén Alberto les entregó en el año 1209 una regla que sintetiza el ideal carmelita: vida contemplativa, meditación de la Sagrada Escritura y trabajo.

El desierto es, en resumidas cuentas, un «espacio espiritual» que proporciona experiencias espirituales. No es casualidad que grandes acontecimientos de la historia de la salvación tengan lugar en el desierto; no es casualidad que personajes determinantes de la historia de la fe hayan buscado la soledad. Y no es casualidad que hasta el día de hoy no pocas personas vayan al desierto para –como ellas dicen– «encontrarse a sí mismas», ya se trate del paisaje geológico del desierto o de dimensiones vitales, no menos reales, experimentadas en la metáfora del desierto: soledad, silencio y alejamiento de la vida cotidiana, firmeza y perseverancia en las decisiones vitales que se han tomado y en la reorientación ante nuevas situaciones decisivas.

***

La vida espiritual encuentra en el desierto sus formas de expresión: vacío, caos, aflicción, acedia, pobreza, despojo, serenidad, frugalidad, silencio. Es terreno yermo, no experimentable, no transitable, no habitable. Lleva al mayor misterio de Dios, que no se deja vincular a ningún ídolo. El desierto es paisaje de muerte, desertizado, carstificado, un paisaje en el que ya no crece nada, en el que nada puede echar raíces, pero es también lugar de libertad. Es salida (éxodo) de la manipulación y la heteronomía. Purifica, permite ver prejuicios, ideologías y obcecaciones. En el desierto se suceden consecutivamente consolación y desolación, paisajes malogrados y paisajes de ensueño. Ambas facetas se necesitan mutuamente para experimentar, para valorar. El paisaje refleja el alma débil, arrugada, desarraigada, apática, pero también palpitante, atenta, llena de color, de ímpetu, de luz.

El autor también dedica un amplio espacio a un hombre que es ejemplo para muchos enamorados de las soledades geológicas: Charles de Foucauld, excelente ejemplo de un viajero en el desierto, un hombre que ha logrado llevar una vida de silencio, meditación y oración, así como trabajo y dedicación a los demás. Fundó en las zonas desérticas entre Argelia y Marruecos numerosas misiones con el objetivo de acoger a los necesitados, instruir a los nuevos misioneros y prepararlos para el encuentro con los tuareg, así como para defender las poblaciones locales de los peligrosos grupos armados. De hecho, murió en 1916 en Tamanrasset durante un asalto de bandidos.

En los últimos capítulos se esbozan aspectos novedosos de la atracción actual por el desierto, que a diferencia de las anteriores, se caracterizan por su aparente secularidad, es decir, no presentan carácter estrictamente religioso. Se trata de una espiritualidad —si se la puede llamar así— de carácter natural no asociada a ninguna práctica o adscripción religiosa.

En definitiva, Espiritualidad del desierto no sólo es una sucinta historia de la sensibilidad asociada al retiro en el yermo sino que es una magnífica síntesis de la teología del desierto y una invitación a una esporádica huida del mundo para encontrarse a sí mismo. Como ha escrito Jean-Marie Gustave Le Clézio: «No existe mayor emoción que la de entrar en el desierto» .

Índice:
Introducción
1. El desierto en la Sagrada Escritura
2. La espiritualidad de los Padres del desierto
3. El desierto en la mística alemana
4. El Carmelo y la espiritualidad «eliana» del desierto
5. El desierto en la espiritualidad de Carlos de Foucauld
6. La espiritualidad «natural» del desierto en la actualidad
7. Iglesia en el desierto

Puntuación: 4 (de 5)
PPC Editorial (2018)
Traducción: Carmen Gauger
Colección: Fuera de colección
304 págs.

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«El desierto es una tierra fría con un sol ardiente», dicen los tuaregs. La particularidad del desierto consiste precisamente en que reúne y mantiene juntos elementos extremos. El desierto significa indisolublemente calor y frío, esterilidad y vida, inmensas zonas sin agua y fértiles oasis, arena y piedra, llanura y altas montañas. La relación entre todo ello es la de un equilibrio inestable. Con su tensión entre polos tan opuestos, el desierto es una de las más elocuentes imágenes de nuestra vida, marcada asimismo por tensiones y rupturas. Justamente con su doble polaridad de «lugar de muerte» y «lugar de vida», el desierto, cual persuasivo «icono», invita a ver en su imagen de un modo nuevo la propia vida.  (Sinopsis de la editorial)

Gisbert Greshake

Gisbert Greshake nació en 1933 en Recklinghausen (Alemania). Estudió en Münster y Roma. En 1969 se doctoró en Münster y trabajo como asistente de W. Kasper. En 1972 consiguió la cátedra de Teología dogmática e historia del dogma en Tubinga. De 1974 a 1985 fue profesor en la Facultad de Teología católica de Viena. Y desde 1985, de Teología dogmática y ecuménica en Friburgo de Brisgovia.

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