{Reseña} Carmen Martín Gaite: Dos cuentos maravillosos (Siruela)

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El cuento maravilloso de estirpe popular no ha sido un género muy cultivado en la literatura española. Entre las pocas figuras que han incursionado con éxito en el mismo se encuentra la escritora salmantina Carmen Martín Gaite, que aunque adscrita al realismo mayoritario en su época, ha dejado algunas muestras de su vena más imaginativa con títulos de gran éxito, como Caperucita en Manhattan (1990) y estos Dos cuentos maravillosos (1992). En realidad, estos relatos se habían publicado inicialmente por separado en Lumen como El castillo de las tres murallas (1981) y El pastel del diablo (1985), y agrupados también en Lumen, como Dos relatos fantásticos (1986). Pero es la edición de Siruela, creo, la que ha cosechado más lectores desde su primera edición.

Como es casi de rigor, la protagonista principal de estas historias siempre es una niña lista y soñadora en esa edad en la que ya se atisba la pubertad y, por tanto, la pérdida de la inocencia y del asombro. Como todo relato maravilloso, estos cuentos presentan numerosos elementos simbólicos; algunos muy claros, otros, más soterrados. Aunque a veces este tipo de narraciones pueden confundirse con literatura escrita para niños o infantil, lo cierto es que la melancolía por la infancia perdida que impregnan sus páginas muestra que es literatura para adultos o, al menos, para todas las edades. Para Antonio Colinas «Estos dos cuentos de Martín Gaite no sólo renuevan la fuerza del género en que están escritos, sino que son ejemplos extraordinarios de creatividad».

El castillo de las tres murallas contiene muchos de los elementos del cuento de hadas tradicional: un castillo tenebroso perteneciente al rico Lucandro, personaje tosco, malhumorado y en extremo avaricioso; su esposa Serena, joven soñadora que se siente abandonada en el castillo; Altalé, hija de ambos y niña extremadamente inteligente; el extraño astrólogo y consejero Cambof Petatel, único amigo Lucandro, pero también de Serena, y posteriormente de Altalé. Los hechos narrados son parcos: Serena, aburrida de su vida en el castillo se fuga con Gisel, profesor de música que había sido contratado para enseñar a Altalé. Desde entonces Lucandro se vuelve más huraño y descuidado y Altalé va creciendo a su aire hasta que está a punto de cumplir quince años y, tras recibir un mensaje de su madre, decide abandonar el castillo. Finalmente, el viejo Lucandro se metamorfosea en brunda (animal fantástico), acabando su vida nadando en el foso del castillo. Es, a la postre, el personaje más trágico y desgraciado de la historia.

Había una vez, hace mucho tiempo, un hombre inmensamente rico, pero tan desconfiado que nunca había sido capaz de disfrutar de su riqueza sin sobresaltos. Se había hecho construir en lo alto de una enorme montaña un castillo de mármol negro rodeado por tres murallas, a las que bautizó con los nombres de la de los Fosos, la Roja y la Erizada, y estaban dispuestas por ese orden, contando de arriba abajo. O sea que la Muralla Erizada, que era también la más alta, abarcaba a las otras dos y es la que se veía más cerca al pasar al pie de la montaña.

Entre la Muralla de los Fosos y las paredes negras del castillo corrían los dos fosos que le daban nombre, paralelos y un poco separados uno de otro.

De los dos, el más profundo y terrible era el que estaba pegado al castillo, sirviéndole de cinturón de seguridad. Por sus aguas, de un verde muy oscuro, nadaba una especie de ratas gigantes de color rojo y cola de cetáceo que se llamaban «brundas». Estaban muy nerviosas porque nunca dormían, y se pasaban todo el día y toda la noche batiendo con la cola el agua quieta del foso, que hacía un ruido monótono al chocar contra el basamento del edificio. Sus ojos brillaban con una fosforescencia amarilla, tenían un oído extremadamente fino y, en cuanto percibían pasos o cualquier rumor sospechoso al otro lado de la muralla, lanzaban un grito de alerta, mitad chillido de foca, mitad graznido de cuervo, tan agudo y espeluznante que hubiera sido capaz de espantar por sí solo a una cuadrilla de ladrones.

El otro foso de más abajo, aunque se llamaba así, «el Foso de Abajo», era más bien un riachuelo bordeado de arbustos y de ribazos, y en él se criaban peces de carne exquisita que proporcionaban alimento en toda estación. Sus aguas eran muy transparentes y plácidas y se podían surcar en un barco alargado como de juguete, pintado de colores vivos y resguardado con quitasoles bordados en oro y plata. Pero la cercanía del Foso de las Brundas y la sombra de la muralla que se cerraba sobre ambos hacían un poco siniestro el paseo. («El castillo de las tres murallas»)

El segundo relato es menos maravilloso y más complejo. En El pastel del diablo una niña llamada Sorpresa, hija de un alfarero, muestra desde muy pequeña su gran curiosidad por todo lo que le rodea y una enorme imaginación que se traduce en que siempre está contando cuentos o pidiendo que le cuenten historias. La parte central del relato son las aventuras que sorpresa vive en la Casa Grande, una casona en las afueras del pueblo habitada por gente importante y estrafalaria. Al final, y en un asombroso juego metaliterario, parece ser que todo lo narrado es fruto de la torrencial imaginación de Sorpresa. En el último párrafo la niña decide ser escritora para poder vivir intensamente todas sus invenciones.

Sin llegar a ser obras maestras absolutas, estos Dos cuentos maravillosos nos siguen atrayendo por su encanto, su hermosa escritura y por el recuerdo de las historias de siempre. Además, constituyen un modo excelente para acercarse a la figura de Carmen Martín Gaite y también para introducir a los jóvenes y a los más reacios al placer de la lectura.

Puntuación: 4 (de 5)
Ediciones Siruela (2009)
Colección: Libros del Tiempo, 285
Prólogo: Antonio Colinas
140 págs.

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Estos dos cuentos merecen el arriesgado calificativo de maravillosos. Nos encontramos ante los frutos de una escritora magistral.

Difícilmente podrá olvidar cualquier lector las aventuras de las niñas que protagonizan estas dos pequeñas joyas, Altalé y Sorpresa, tan parecidas en sus cualidades, ambas valientes y rebeldes, pero tan diferentes en sus destinos; y muy difícilmente dejaremos de apasionarnos por los personajes que las rodean, verdaderas creaciones de la literatura fantástica. (Sinopsis de la editorial)

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Carmen Martín Gaite (Salamanca 1925-Madrid 2000), novelista, poeta, ensayista y traductora, publicó su primera novela El balneario en 1955 y es una de las más destacadas representantes de la generación de la posguerra. De sus libros hay que destacar Entre visillos (Premio Nadal 1958), Ritmo lento (1963), El cuarto de atrás (1978), El cuento de nunca acabar (1983), Usos amorosos de la postguerra española (Premio Anagrama de Ensayo 1987), Nubosidad variable (1992), Lo raro es vivir (1996) o Irse de casa (1998). Carmen Martín Gaite ha recibido también los premios Príncipe de Asturias 1988 y el Nacional de las Letras Españolas 1994.

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