{Reseña} Boualem Sansal: 2084. El fin del mundo (Seix Barral)

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Dice el diccionarios de la Real Academia que distopía (Del lat. mod. dystopia, y este del gr. δυσ- dys- ‘dis-‘ y utopia ‘utopía’) es la “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”. Lo que no está tan claro es lo que cada uno entiende por “alienación humana”, ya que para lo que algunos es alienación para otros es liberación. De ahí de las inmensas posibilidades de la literatura distópica como medio de realizar una profunda reflexión sobre nuestro presente y nuestro previsible futuro inmediato. En este contexto se enmarca 2084. El fin del mundo, novela justamente ganadora del Gran Premio de la Academia Francesa de 2015, en la que el argelino Boualem Sansal arma una completa y prodigiosa descripción de una sociedad totalitaria y teocrática, en este caso con grandes similitudes con el islamismo radical. El homenaje a 1984 de Orwell es evidente ya desde el nombre de la novela; incluso se permite añadir nuevas máximas que definen el régimen (“la muerte es la vida”, “la mentira es la virtud”, “la lógica es lo absurdo”).

Es muy posible que la proliferación del género distópico estos últimos años se deba a que íntimamente sospechamos o intuimos que nosotros mismos vivimos en un mundo totalitario. Si lo reflexionamos bien, la sociedad actual es una mezcla de todas las antiutopías clásicas, pero sutilmente entrelazada con una sensación de libertad, más aparente que real. Como en la mayoría de distopías, el protagonista sufre una anagnórisis, es decir, el descubrimiento de datos esenciales sobre su identidad o su entorno, ocultos para él hasta ese momento. La revelación altera la conducta del personaje y lo obliga a separarse del pensamiento único de su comunidad.

En 2084. El fin del mundo se describe a un régimen totalitario fuertemente inspirado por el islam (en realidad, una evolución del mismo). Todo pensamiento, toda acción y movimientos están sometidos a los mandatos de Yölah bajo el control de Abi, el profeta. Los habitantes de Abistán, nombre dado a la Tierra en su conjunto, viven en un mundo carcelario en el que su fe es férreamente controlada. Todo esto sucede en un mundo regido por autoridades religiosas. El papel de la religión es controlar a cada individuo, incluidos todos los aspectos de su vida personal. En cuanto a los idiomas, todos han sido prohibidos y sustituidos por un idioma artificial de nombre “abilengua”. El protagonista principal es Ati, un joven que, infringiendo la ley, empieza a sentir el anhelo de libertad y decide investigar si existe otro mundo aparte del suyo. De acuerdo con las autoridades y con el Gkabul (libro santo), “no existe un antes de 2084”. Sin embargo, el propio Ati empieza a cuestionar las verdades oficiales e investiga la vida de los guetos, cuya población vive sin la necesidad de la religión. Pronto la intriga se hace evidente cuando un arqueólogo descubre un hallazgo que amenaza con tambalear los cimientos históricos de Abistán. En consecuencia, Ati, junto a su amigo Koa, emprende un largo viaje clandestino a través del Imperio en afán de descubrir la verdad. Quizás, donde flojea algo esta novela es en su parte final, un poco precipitada, aunque con un esperanzadora y abierta conclusión que no desvelaré.

En el que Ati regresa a Qodsabad, su ciudad, y capital de Abistán, tras dos largos años de ausencia, uno pasado en el sanatorio del Sîn en la montaña del Ouâ, y otro viajando a pie, de caravana en caravana. En el camino conocerá a Nas, un investigador de la poderosa administración de los Archivos, de los Libros Sagrados y de las Memorias Santas, que regresa de una misión en un recién descubierto yacimiento arqueológico anterior al Char, la Gran Guerra Santa, cuyo hallazgo ha provocado una extraña agitación en el seno del Aparato y, al parecer, en la mismísima Justa Fraternidad

***

Ati había perdido el sueño. La angustia se apoderaba de él cada vez más temprano, cuando se apagaban las hogueras e incluso antes, cuando el crepúsculo desplegaba su macilento velo y los enfermos, cansados de errar durante todo el día por cuartos, pasillos y terrazas, empezaban a regresar a sus camastros arrastrando los pies y dedicándose patéticos deseos de felicidad durante la travesía nocturna. Algunos no estarían allí mañana. Yölah es grande y justo, da y quita a su albedrío.

Luego caía la noche con tal rapidez en la montaña que dejaba desconcertado. No menos abruptamente, el frío se hacía tan intenso que vaporizaba el aliento. Fuera, el viento arreciaba sin cesar, dispuesto a todo.

***

Se desconocen los motivos de estas restricciones. Vienen de antiguo. La verdad es que a nadie se le había ocurrido jamás planteárselo, la armonía imperaba desde hacía tanto tiempo que no había el menor motivo para preocuparse. Ni siquiera la enfermedad y la muerte, que no paraban de producirse, afectaban lo más mínimo a la moral de la gente. Yölah es grande y Abi es su fiel Delegado.

La peregrinación era el único motivo admitido para circular por el país, al margen de las necesidades administrativas y comerciales para las cuales los agentes disponían de un salvoconducto que había que validar en cada etapa de la misión. Esos controles repetidos hasta el infinito y que movilizaban a un sinfín de revisores e interventores tampoco tenían tanta razón de ser, eran una reminiscencia de alguna época remota. Sin duda, el país vivía guerras recurrentes, espontáneas y misteriosas, el enemigo estaba por doquier, podía surgir por el este o por el oeste, por el norte o por el sur, todo el mundo desconfiaba, no se sabía cómo era ni qué quería. Se le llamaba el Enemigo, destacando la mayúscula en la entonación, y con eso bastaba. (…)

Boualem Sansal emplea una prosa exacta y clara, de muy fácil lectura; una prosa más discursiva y reflexiva que narrativa, en la que utiliza muy pocos diálogos. Aparte de la obra de Orwell, por el contenido y la forma creo que la influencia del autor deriva más de escritores como Ernst Jünger (Eumeswil, Heliópolis), Julien Gracq (El mar de las Sirtes) o Ismail Kadaré (El Palacio de los sueños), que de las distopías anglosajonas actuales. No podría afirmar que esta novela se encuentra a la misma altura que las cimas del género (NosotrosUn mundo feliz1984Fahrenheit 415), pero sí que es una obra magnífica que se encuentra muy cerca de ellas y que con toda seguridad perdurará en la historia de la literatura.

Termino señalando que 2084. El fin del mundo es una novela de gran calado que recomiendo a todo tipo de lector y muy vivamente a los seguidores de la literatura distópica y prospectiva.

Puntuación: 5 (de 5)
Seix Barral (2016)
Traducción: Wenceslao-Carlos Lozano
Colección: Biblioteca Formentor
272 págs.

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En el inmenso imperio de Abistán un régimen totalitario basado en la sumisión a un dios único lo domina todo; cualquier pensamiento personal es erradicado, y un sistema de monitorización ubicua permite controlar a la población. Ati, nuestro héroe, intenta comprender ese sistema dictatorial investigando sobre los renegados, un pueblo que vive ajeno a la religión, y emprende un largo éxodo a través del desierto en busca de la verdad.

«Puede que la religión haga amar a Dios, pero no hay nada como ella para hacer detestar al ser humano y odiar a la humanidad.» Así empieza 2084. El fin del mundo, una fábula orwelliana que satiriza los abusos y la hipocresía de un radicalismo religioso que amenaza la democracia. ¿Cómo sería el mundo si ganan ellos? Esta novela nos da la respuesta. (Sinopsis de la editorial).

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Boualem Sansal (1940) es un escritor argelino en lengua francesa cuya obra de denuncia y en favor de la democracia le ha costado vivir amenazado por los islamistas. Licenciado en Telecomunicaciones en la Escuela Nacional Politécnica de Argelia y en la École Nationale Supérieure des Télécommunications de París, se doctoró en Economía. Ha sido profesor, consultor, ejecutivo y alto funcionario en el Ministerio de Industria de Argelia, cargo del que fue cesado en 2003 por sus críticas a la arabización e islamización de la enseñanza.

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